Foto: Martín Schiappacasse
Gentileza UBA Sociales

Por Valentina Sheridan Assad

Un joven rosarino de 18 años, en el final de la dictadura, se decide a estudiar una cosa que no sabía lo que era. Después se muda a Buenos Aires, a San Pablo, de nuevo a Buenos Aires. Allí comienza a trabajar en una universidad cuya existencia desconocía hasta entonces: la Universidad Nacional de General Sarmiento, donde se desempeñaría como docente, como decano y como rector. Aquí habla sobre su propio derrotero y sobre el problema político de las experiencias populares en la Argentina de hoy.

Borges escribió una vez que es la puerta la que elige al hombre, y no al revés. ¿Vos elegiste tu rumbo académico o fuiste llevado y traído por los vientos de la historia?

Qué sé yo. Hay algunas decisiones que uno toma, obvio, y mucho de fortuito. En la Facultad de Ciencia Política de Rosario (¿por qué elegí estudiar ahí, me querés decir?: muchas veces, de grande, me pregunté por esa decisión de chico) tuve de profesor a Horacio González, que me partió la cabeza, y conocí también –más por la militancia– a Alcira Argumedo. Terminé la carrera y me vine a Buenos Aires a trabajar con ellos. Me instalé aquí, hice un posgrado en la FLACSO y empecé a ganarme la vida dando clases en todos los lugares donde se podía. Esos lugares eran sobre todo, para un joven recién recibido, dos: el Ciclo Básico Común de UBA (donde trabajé, entre otras cátedras, en la del entonces muy joven titular de Sociología Daniel Filmus: tengo un grato recuerdo de eso) y la Carrera de Ciencias de la Comunicación, donde laburé con Alicia Entel, Sergio Caletti y Oscar Landi, que se volvería uno de mis maestros. Con Horacio, con Oscar y sin duda también con David Viñas y con Carlos Correas, más grandes que ellos, aprendí las posibilidades de la literatura para entender mejor los procesos políticos. Ya grande, con la vida medio armada, casado, con un pibe, con otra en camino, me salió la posibilidad de irme a vivir un par de años a Brasil para hacer un doctorado. Me metí con Shakespeare, a quien no abandoné desde entonces. Cuando volví, en el 2000, buscaba trabajo y lo conseguí en la Universidad Nacional de General Sarmiento, donde laburo hasta hoy.

Se dice que, en tiempos difíciles, los espacios del pensamiento crítico y las discusiones públicas se enriquecen. Las universidades, en ese sentido, son un escenario privilegiado. ¿Qué rol les asignarías en esta etapa?

Para que las discusiones se enriquezcan debemos ser capaces de construir un tipo de voz que pueda decir algo distinto al apabullante, monolítico, embrutecido y embrutecedor discurso dominante. Construir una palabra pública que pueda discutir los contenidos, las formas y los tonos del discurso dominante. Vos dijiste “tiempos difíciles”. A mí me gusta la expresión de Hannah Arendt, “tiempos de oscuridad”. Que para Arendt no son necesariamente tiempos de silencio o de censura, sino tiempos donde hay palabra, incluso muchas palabras, pero palabras banales, obligatorias, chatas. Tenemos que poder articular, frente a ese montón de palabras huecas que oímos todo el día, otras palabras capaces de construir un sentido diferente y de hacerse oír en el espacio público de las grandes conversaciones colectivas. Ahí las universidades tienen (lo digo más normativamente: deberían tener) un papel fundamental. Porque son ámbitos de producción de conocimiento que tienen que lograr, y que con mucha frecuencia, en efecto, logran, conmover el sentido común dominante con una voz autorizada por el trabajo de investigación sobre el que sostiene lo que tienen para decir.

¿Qué condiciones se requieren para eso?

Idealmente, tres. Un Estado interesado en alentar, a través de políticas públicas activas y de asignaciones presupuestarias generosas, la producción de conocimientos en las universidades. Una sociedad democráticamente organizada, con muchos ámbitos de discusión de los problemas que le conciernen. Y unas universidades con una gran capacidad para, yendo más allá de sus propias fronteras y de sus propias formas, a veces muy codificadas, de lenguaje y de escritura, interactuar productivamente tanto con aquel Estado como con esta sociedad. Hoy estamos en problemas. Tenemos un gobierno que no tiene la menor intención de poner plata en la universidad, que le parece (lo ha dicho de todos los modos posibles) un gasto más o menos ocioso. Tenemos una sociedad muy lastimada, falta de espacios de discusión democrática de los grandes problemas que conciernen al bien común y falta también de capacidad para formular reclamos sistemáticos a unas universidades que deberían estar al servicio de pensar esos problemas. Y tenemos unas universidades con grandes dificultades para sostener frente a ese Estado, cuyo gobierno actual las desprecia y las castiga, una posición que no sea muy defensiva y para articular frente a esa sociedad un lenguaje que permita una interlocución más fluida y eficaz.

¿Qué pasa en el seno de la sociedad: tenemos un problema de falta de representación, de déficit de organización, de insuficiencia del discurso, de incapacidad de procesar lo que pasa?

Cuando uno dice sociedad dice una cosa muy compleja: gran cantidad de grupos, distintas clases sociales. Hay algunos sectores sociales en la Argentina que hoy no tienen ningún problema para ver representados sus intereses, que conocen bien, en el mundo de la política institucional y del Estado. Hay otros sectores sociales, que son los que la están pasando peor y los que, por muchas razones, pensamos como los destinatarios de nuestras preocupaciones, que hoy parecen tener dificultades grandes de organización social, política, sindical. Tengo la impresión de que todavía están o estamos reponiéndonos, no sólo de un par de derrotas electorales que formaban parte de las posibilidades y que no debería ser tan difícil procesar, sino también, y sobre todo, de la sorpresa o el vértigo que nos produce lo acelerado del conjunto de transformaciones que esas derrotas electorales han habilitado, y que nos han hecho retroceder a un escenario que no imaginábamos, tener que dar respuestas a un conjunto de agresiones que no esperábamos, con una velocidad y una intensidad que tampoco suponíamos que pudieran ser tan grandes, y que nos encuentran medio desarmados. Quiero decir: podíamos suponer que un gobierno de derecha iría a tener una política de mano un poco más dura con las manifestaciones callejeras, pero no imaginamos que poco tiempo después del cambio de gobierno íbamos a tener en el país presos políticos, persecuciones judiciales, represión desaforada y violentísima de la protesta social. Podíamos suponer que íbamos a tener una política económica más ortodoxa, pero no sospechábamos que se iba a buscar desmantelar como se lo está haciendo el sistema público de protección social, que se iba a endeudar como se lo está haciendo al país, que se iba a fugar guita como se la está fugando. Y todo eso nos tiene bastante desconcertados.

¿Hay también un problema a nivel comunicacional?

Ahí hay dos cosas. Una, la más evidente, es la concentración mediática que hay en el país, y que no ha hecho más que acentuarse desde 2015. Eso, sumado a la evidente capacidad del gobierno para disciplinar incluso a los medios que no forman parte de su trama de alianzas más estrecha, nos da hoy la escena de una homogeneidad de voces muy impresionante y muy grave. Lo otro: a mí no me gusta la idea de que “tenemos problemas de comunicación”. No porque no pueda ser verdad, sino porque me parece que esos “problemas de comunicación” son, cuando los hay, el resultado de problemas más profundos. No creo que el problema haya sido que se hizo todo bien y no se lo pudo “comunicar” adecuadamente: eso es muy autocomplaciente. A mí me parece que hay otros problemas más de fondo, que se expresan, si querés, en lo que uno puede llamar “problemas de comunicación”, pero que son problemas de representación más general de las cosas. Siempre recuerdo algo que me dijo una vez un funcionario de Rafael Correa. Cuando Correa asumió la presidencia en Ecuador, los ecuatorianos ganaban en promedio 300 dólares por mes, y si uno les preguntaba cuánto tenían que ganar para estar bien, respondían: 330 dólares por mes. Es decir, estaban disconformes con lo que ganaban en una medida de un 10% de lo que ganaban. Ocho años después, tras dos exitosas gestiones gubernamentales, los ecuatorianos ganaban en promedio 600 dólares por mes, y si uno les preguntaba cuánto tenían que ganar para estar bien, respondían: 900 dólares por mes. O sea: estaban disconformes con lo que ganaban en una medida de un 50% de lo que ganaban. En otras palabras: estaban dos veces mejor, y cinco veces más disconformes. Quiero decir: la pregunta de por qué no votan por nosotros si nunca estuvieron tan bien como con nosotros es, por lo menos, una pregunta bastante ingenua, que revela una comprensión unilateral de cuáles son los motivos de las opciones políticas de las personas. Esas son las cosas que tenemos que pensar mejor.