Por Augusto Taglioni

¿Cuál es la relación que tendrá Donald Trump con los gobiernos latinoamericanos? Esa es aún la pregunta sin respuestas que sobrevuela todos los ámbitos que se dedican al análisis de los temas internacionales. Incluso, es un gran dilema para los gobiernos de la región que depositaron su suerte en “la vuelta al mundo”.

Este signo de pregunta tiene a la nueva ola conservadora  de Latinoamérica un tanto desorientada, especialmente a Mauricio Macri y Michel Temer, por el hecho de que la estrategia de poder a la que le pusieron el pleno de suerte económica está, por lo menos, en un período de transición.

Macri asumió la presidencia en un mundo que ya no existe. El acercamiento a los países “desarrollados” que le permitió al primer mandatario argentino reunirse con los altos mandos de los miembros del G7 (Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Canadá, Japón y Gran Bretaña) actualmente ha perdido todo tipo de valor geopolítico por un motivo muy simple: el contexto internacional es otro. De la misma manera que norteamericanos e ingleses, teutones, galos y azurros deberán afrontar difíciles procesos electorales este año para definir nada menos que la supervivencia del sistema de integración europeo. En síntesis, las reuniones de Macri con Barack Obama, David Cameron, François Hollande, Mateo Renzi y Ángela Merkel vuelven a fojas cero porque, salvo la canciller alemana, el resto de los dirigentes no ocupan más la máxima jefatura de sus países. Por otro andarivel, marchan Canadá, que sobrevive con un liberal-progresista como Justin Trudeau (preocupado por la detención de Milagro Sala) bajo la pretensión de avanzar en tratados bilaterales independientemente de la influencia norteamericana, y Japón, que está saliendo de la recesión y busca tender puentes con el sistema de relaciones que queda para no perder terreno frente a la locomotora china.

El otro punto que pesa sobre el G7 es su pérdida relativa en la representación económica mundial. Cuando en 1990 expresaba el 50 por ciento del PBI mundial, se estima que para 2020 estas economías representen menos de 29 puntos porcentuales, frente al crecimiento exponencial de China, India, Rusia y otras economías emergentes.

Justamente, los activos bancarios nacionales del grupo de países “emergentes”, conocido como E7 y compuesto por China, India, Brasil, Rusia, México, Indonesia y Turquía, así como las ganancias potenciales del sector, serían mayores que los del G7 en 2036. Incluso, para el año 2050 está previsto que el fondo de utilidades del E7 supere en un 50% al del G7, de acuerdo al reporte “Banking 2050”.

En palabras sencillas, Macri y Temer no la vieron y siguieron el manual de relaciones serias de la década del 90’.

Pero, ¿cómo hicieron las derechas regionales que recibieron a la Argentina en la Alianza del Pacífico para acomodarse en esta nueva coyuntura? La respuesta es China, la única potencia que garantiza libre comercio. En este contexto, la primera jugada de Perú y Chile fue invitar al presidente Xi Jinping a cerrar la Cumbre de Economías del Pacífico en Lima. Es decir, las economías que no tienen industria para defender y pregonan un “regionalismo abierto” no tienen inconvenientes en cambiar esta alianza subordinada. Si no es Estados Unidos, es China. Obligado por las circunstancias, México deberá hacer lo mismo y Colombia, con el proceso de paz en la agenda, buscará un equilibrio entre las diferentes potencias hegemónicas.

Entonces, esa “confluencia natural hacia el Pacífico” de la que hablaban Macri y Temer no parece tan sencilla. El motivo es sencillo: Argentina y Brasil no pueden (o no quieren) cambiar de aliado porque una relación con China no es vista con buenos ojos por Techint y la Federación Industriales de San Pablo. Tal es así que Argentina se resiste en reconocer a China como economía de mercado, paralizó obras de infraestructura importantes y frenó la venta de aceite de soja. ¿Un tiro en el pie? Para un gobierno aperturista, sin dudas.

A pesar de esa realidad, la Casa Rosada y el Planalto abrieron el Mercosur para seguir subordinando el crecimiento a la llegada de inversiones en un mundo que no invierte. El Secretario de Estado de Trump, Steven Mnuchin, lo dejó en claro en la última cumbre del G20 cuando aclaró que su gobierno “no se guía por posiciones comerciales acordadas en el pasado”, y dijo: “nuestro foco de atención está en nuestro país”. Al mismo tiempo, Estados Unidos consiguió que en el documento final no se hable en contra del proteccionismo. Esa es la puja.

En tiempos de posverdad, las derechas regionales confiaron en un destino marcado por los mismos que diseñaron sus campañas comunicacionales. Esto generó el pasaje del “Hillary la tiene fácil” a “tendremos que acomodarnos a Trump” y de la seguridad que el Brexit sería favorable para los intereses de David Cameron a poner las Malvinas como moneda de cambio de alguna inversión que llegue al país.

Los conservadores vernáculos van a contramano de lo que pasa en el mundo. Con una globalización que tambalea, pretenden seguir manuales de la década pasada, tal vez, por mirar demasiado las encuestas en lugar de analizar los acontecimientos internacionales y actuar en defensa propia.

Lo paradójico es que el fenómeno Trump construyó un muro contra la gobernanza global y dejó pedaleando en el aire a gobiernos con sintonía ideológica con la Casa Blanca que, sin plan B, confían en que si la copa no derrama, al menos exista una mitad de algún vaso lleno. La fugacidad de la posverdad es casi tan imponente como los lugares comunes de la geopolítica. Las cartas están sobre la mesa, y el lema de la vuelta al mundo que aparentó ser una verdad revelada se choca con una realidad que cruje.