Se asiste a un mareo intelectual profundo, fruto del triunfo de Donald Trump, la imposición del Brexit, la crisis de los gobiernos populares en Latinoamérica y los 16 meses de macrismo en Argentina. La política deambula en un laberinto que la desconcierta y la angustia social se expande. Kamchatka consultó a los que junan para desmadejar el ovillo.

Por Pablo Dipierri

Un espectro recorre el mundo, podría decirse para aludir a la idea de posverdad. En su contra, se conjuran demócratas estadounidenses, liberales ingleses, populistas latinoamericanos, peronistas argentinos y hasta el Papa Francisco. Ninguno le pisa la sábana al fantasma que amenaza con darle muerte al carácter veritativo de las creencias pero el ejercicio sacude la modorra a todos.

El término en cuestión circuló con fuerza desde que Donald Trump triunfó en Estados Unidos y aplica, con mayor o menor rigor, al ascenso de los recursos emotivos por encima de la argumentación reflexiva en los discursos sociales. Su presencia, con remisiones a la obra de grandes filósofos de la historia, complica e irrita a los que ven las cosas con el prisma de la construcción de la verdad en términos más clásicos y convierte a la mayoría de los criados en la teoría de las revoluciones en perros que chumban o se muerden la cola.

Sin embargo, esta publicación se animó a poner entre signos de pregunta la existencia misma de la posverdad. Al respecto, el sociólogo Horacio González advirtió que se trata de “una parte inherente a un procedimiento del mercado en relación a las palabras y la educación del político de raíz neoliberal”. “En principio, es una astucia mercadológica”, acuñó en un mano a mano con Kamchatka.

Para el ex director de la Biblioteca Nacional, “la posverdad es un chiste” y se lo atribuye a los que pretenden hacer de la sociedad un relato, aun cuando defiende ese epíteto que tanto se le criticara al kirchnerismo y se canjee ahora el lugar de la enunciación, sin relieve analítico, para adjudicarle la misma caracterización a Cambiemos. Lapidario, González indica que la noción de posverdad “hay que combatirla, no usarla ni tomarla en serio” porque supone “una sociedad como red de afectos cuando es, en realidad, una red de conflictos”.

La sucesión de manifestaciones y piquetes que cacheteó al Gobierno durante marzo rubrica esa aseveración. Y al mismo tiempo, revela que algo de lo que nombran los ideólogos del neologismo habita no sólo la efervescencia innegable de la organización de las mujeres y su confluencia masiva en una paro sin precedentes, sino también las respuestas de la gobernadora María Eugenia Vidal al reclamo docente por paritarias cuando apeló a los voluntarios.

Según el autor del libro “Comunidad impropia”, Esteban Dipaola, “la posverdad permite decir cualquier cosa sin ningún registro que lo acredite y persuadir, impactar o definir una situación”. “Parte de la posverdad también es que aparezcan voluntarios docentes”, sentencia.

Doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet, señala que el cuestionamiento a la verdad ya estaba en la obra de Friedrich Nietzsche pero el pensador alemán postuló que la certeza de cualquier cosa dependía de su conformación como ficción regulativa y que, a partir de ahí, se constituía una comunidad. “No hay verdad metafísica que congrega sino que hay materialización del conflicto por las ficciones regulativas”, precisa.

En ese contexto, el filósofo Ricardo Forster afirma: “es una larga discusión si efectivamente hemos quedado bajo el tsunami de Nietzsche y no hay otra manera de establecer relaciones con el mundo que no sea a través de la forma y una construcción fabulativa de lo real en disputa con otras construcciones absolutamente ficcionales”. “Ahí, hay un problema, sobre todo para los que intentan mantener una visión crítica con la lógica del capitalismo”, sostiene el ex secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.

Atento al peligro que la chatura actual alberga en el plano de la discusión pública, Forster apunta que “el macrismo le dice a la sociedad lo que la sociedad sabe que, efectivamente, es una mentira”. Consultado por esta revista sobre si hay una perversión de sus seguidores al adherirse a ese “juego de ilusiones”, responde que una parte de los votantes “quiso que le dijeran que no tocarían lo bueno para justificar su voto pero aspiraba a que el macrismo hiciera lo que está haciendo”.

En la misma sintonía, el filósofo Darío Sztajnsrajber recomienda que el hecho de que “las viejas formas de distinguir entre la verdad y la apariencia ya no sean argumentos suficientes para que una ciudadanía acepte o no lo que se le presenta como una verdad de época no desemboque en consignar el infantilismo” de los que tributan a esa mirada de la vida. “Circulan fotos de ministros de gobierno en el supermercado como si fuesen un ciudadano más, todo el mundo sabe que es una construcción fotográfica y a nadie le importa que sea así porque uno necesita ver a sus héroes comprando con carritos en el supermercado ante la desesperada necesidad de cierta ciudadanía argentina de constatarse a sí misma que ha elegido bien”, grafica, y agrega: “necesitan ver a Vidal o Patricia Bullrich como un ciudadano más y, si después circula la contrafoto mostrando el montaje, van a responder ‘¿y qué querés, que vaya a un supermercado?’”.

Subjetividades en (trans)formación 

Un dirigente de la Federación de Trabajadores de la Industria, la Energía, los Servicios y Afines (Fetia) narra la complejidad de la construcción gremial en momentos donde la mayoría de los asalariados jóvenes utiliza la hora del almuerzo para mirar Fecebook por celular o hablar por WhatsApp. “Antes, ese espacio se aprovechaba para compartir entre compañeros y organizarse”, evoca.

En su auxilio, Dipaola indica que el pasaje del capitalismo industrial al financiero provoca la transformación de las subjetividades. “En la posmodernidad las relaciones estético-afectivas están más valoradas que otro tipo de relaciones”, explica, y argumenta que el maridaje entre trabajo y dignidad gravitaba en el imaginario de sus padres pero no es lo mismo para un muchacho de 20 años de edad hoy.

No obstante, los oprimidos tienden a juntarse dentro y fuera de las estructuras que los contienen más o menos, dependiendo de la moldura del sujeto en ciernes o las experiencias que cultivó. Aun cuando Forster admite que “había en la llegada del macrismo al gobierno algo más que una mera casualidad o una diferencia de un par de puntos azarosos y latía una cierta metabolización en el interior de la sociedad argentina de un dispositivo aspiracional que el macrismo logró representar”, también desliza que “sigue habiendo una lengua política y puede pasar cualquier cosa porque, justamente, hay en una parte de la sociedad capacidad de decir que no”.

A esa cuenta se carga el acompañamiento de sectores combativos de la CGT al paro de 30 de marzo protagonizado por la CTA o el desborde de las bases reclamando a los triunviros a las puteadas que le pusieran fecha a la huelga contra las políticas de la Casa Rosada. Por caso, la Asociación Bancaria promueve desde el año pasado, junto a sindicatos como Sadop o la Federación Gráfica Bonaerense, la confección de un programa político por encima de los nombres y, si bien ninguno de sus dirigentes hace leña del árbol caído con la conducción de su central, algunos de sus representantes adelantaban al cierre de esta edición que buscan fortalecerse de cara a la convocatoria de un nuevo Comité Central Confederal en la sede de la calle Azopardo.

Política homeless

La confusión deja, al decir de González, un aspecto claro: el mundo vive una época pavorosa. “Se rige por una red de imputaciones y clausura de la vida social y esto puede llevar a un conflicto irresoluble”, vaticina.

De todos modos, Forster alega que no queda otra alternativa que seguir hablando y Sztajnrajber, por su parte, vislumbra una chance en las fronteras de lo político. “Hay que repensar lo político por fuera de la política pero sin caer en la antipolítica y, por eso, me gusta la categoría de lo impolítico, que supone que todo es político y hay que estar en los contornos de lo político”, ilustra “Darío Z”.

La pelea, en última instancia, no termina siquiera cuando suena la campana. Y el problema del espectáculo emerge cuando el público se aburre y toma por asalto el ring. Entonces, se verá si los ebanistas de la posverdad deslumbran con algún firulete hedonista o los de afuera se percatan de que no son de palo.