Por Marina Glezer

Fotos: Eduardo Fisicaro

Así como Edward Bloom en Big Fish, Ricardo Darin es un anecdotista. Y también la amistad que nos une tiene forma de gigante. Puede contarnos una y mil veces las mismas cosas que, indefectiblemente, vamos a quedarnos imantados por su lucidez, elocuencia y seducción.

Llegar a su casa es sentarme en un sillón contenedor, y un perro que me llena de besos. Un gran amigo con quien comparto la entrevista y se ríe con el rol que vengo a interpretar. Es que su casa nos abre la puerta, porque la confianza es mutua. Todo el marco es amoroso y humano. Con toda la sencillez, la tarde del viernes baja en tobogán, con los mates tardíos. Mientras miramos los hijos del gorrión, al que ya todos en esa casa quieren como mascota.

Las preguntas se vuelven respuestas. Como quien recibe las cartas, Ricardo te canta la falta envido sin tener nada y le creés.

Empezamos por la nueva película, no la última que filmó, sino la primera que se estrenará, tres días después de su cumpleaños número sesenta: “Nieve Negra”. Con Leonardo Sbaraglia y Laia Costa, la estará en cartel desde el 19 de enero.

 

-¿Hace 50 años que trabajás?

Más o menos 50 años. Empecé a hacer televisión y esas cosas. Radio.

-Brevemente, ¿podés hacer un resumen de lo que significa ese medio siglo?

Brevemente, es difícil. Lo que pasa es que tampoco tengo clara la significancia, más allá de lo obvio que es la experiencia, el oficio, el trajín o como queramos llamarlo. Pero la verdad… y lo que se nota, después de tanto tiempo, es el cambio en muchas cosas. Cambio en lo que pasó con la televisión, los medios, el cine, la edición, lo que hizo que hoy necesariamente todo tenga que tener un ritmo que, yo recuerdo, no tenía. Más allá de eso, las pérdidas y haber visto tantos colegas que ya no están, te diría que no siento el paso del tiempo.

-Y qué parte proviene de nosotros mismos y qué parte de lo que nos legaron los que nos trajeron.

Y… yo creo que una combinación de ambas cosas. Lo que sí, me olvidé decirte antes, noto que perdí mucha ingenuidad. Cómo decirlo. Inconscientemente, con el tiempo, me fui poniendo más previsor, o cerebral. En una época, la verdad, no lo era para nada. Hacía todo lo que se me cruzaba por la cabeza y no tenía prejuicios. Hoy sí los tengo.

-¿Tenemos asumida la herencia?

Tenemos mucho que ver con el origen, con quiénes estuvimos,  quiénes se encargaron de mostrarnos no sólo las herramientas sino las formas, las maneras. Pero, innegablemente, cada uno de nosotros tiene capacidades, dones o actitudes más tendenciosas para un lado o para otro. Y depende de la suerte que tengas en esta vida tan injusta, aparecerán las posibilidades de mostrarlo, potenciarlo, desarrollarlo o no.

-¿Pero todas las herencias son pesadas? (Ricardo duda. Pienso que dudar es un  gran ejercicio. Y que tal vez no lo sabe, o no lo pensó).

Sí, sí. Si partís de la base de que no nacemos con prejuicios, los vamos incorporando en la misma medida que nos vamos civilizando o educando, sí. En ese combo que viene la herencia, ya sea genética o de contacto, vamos incorporando cosas que no siempre son positivas. Y hay algunas que son negativas.

-Últimamente, fuiste bastante criticado por haber considerado que había que darle tiempo a la gestión de Mauricio Macri. ¿Creés que se tuvo la misma consideración con CFK en el 2008, cuando saltó el conflicto con el campo, o con Dilma Rousseff, recientemente?

No. Creo que son distintos contextos. Y de todos modos, lo que yo dije en esa oportunidad fue “cómo no dárselo”. Me pareció que la pregunta era capciosa. ¿Le darías un año…? Claro, quién soy yo, primero, para dárselo o no dárselo. Pero como creo que la pregunta estaba orientada a si estaba dispuesto a tener la paciencia de que demostrara qué quería hacer, dije que sí. No sólo a él. A él y a cualquiera que estuviera en su lugar porque me parece que lo que hay que hacer es eso. Mínimamente, otorgarle a alguien la posibilidad de que muestre sus cartas y diga qué es lo que pretende hacer y cómo lo quiere hacer. A partir de ahí, las cosas se enrarecieron bastante. Y también me encargué de aclarar que estaba dispuesto a esperar pero a lo que no estaba dispuesto es que siguieran pagando el precio de esa espera y de esa paciencia los mismos de siempre. Sin embargo, eso no parece haberle interesado a nadie. Sólo les pareció maravillosa la oportunidad de hacerme aparecer como macrista. Siempre hay alguna oportunidad de hacerme aparecer como algo que no soy, y siempre reniego. Tenemos mucha más capacidad de crítica que de comprensión.

-Por eso, en Argentina predomina siempre la tensión del blanco o el negro…

Claro. Es ancestral. Y además, el hecho de intentar traducirlo con colores también es una simplificación. Porque es blanco, negro o gris. Hay otras variantes. Hay naranja. Hay violeta. Hay azules y verdes… No me identifica un color, sino la mezcla de esos colores.

-En “Nueve Reinas”,  interpretás un tipo de chanta argentino. ¿Cuánto tiene que ver el personaje de Marcos con nuestra idiosincrasia? ¿Todos llevamos un ladrón adentro?

No creo que todos llevemos un ladrón adentro. Sí, probablemente, en una etapa de la formación –o deformación- cívica haya una mínima pulsión rebelde y atrevida de intentar jugar con ver qué pasa si uno se manda una cagada. Pero eso también está relacionado con quiénes te estés juntando y cómo te esté funcionando la cabeza. No creo que sea lo de Nueve Reinas, lo dije en su momento, una característica exclusivamente argentina.

-Y en “El mismo amor, la misma lluvia” te tocó hacer de un periodista que se convierte en un chanta…

Sí…

-¿Creés que el umbral ético del periodismo es bajo?

No, generalizar me parecería una locura. Cada uno tiene prefijados o fijados sus límites éticos y morales, y los valores. Entiendo que la actividad, básicamente respondiendo a intereses comerciales, puede empezar a ejercer una influencia y alejar a cada uno de ellos en distintas direcciones. Lamentable y tristemente, este mundo en que vivimos se ha convertido cada vez más en un mercado persa, el capitalismo es cada vez más salvaje, más cruel, cada vez más profundo…

En ese momento, entra Florencia. Es su esposa hace treinta años. Y le pregunto por la obra que hiciera el año pasado en teatro, “Escenas de la vida conyugal”. La lluvia, con el tiempo, ¿diluye el amor?

No, se va adaptando con el paso del tiempo, dependiendo de diversas condiciones, con mejor suerte. No creo que desaparezca. Se va transformando en otra cosa. Si hay una lluvia que diluye el amor es porque el amor estaba frágil o vulnerable. Nosotros venimos de una concepción a partir de la cual la pasión es el punto más elevado del amor porque muchas veces, cuando estamos hablando del amor, añorando, estamos hablando de la pasión. Y cuando desaparece o se transforma esa pasión en otra cosa, creemos que se pierde el amor. No sé si el punto más elevado del amor es la pasión. Es el más rehén. Es el que te tiene más agarrado del cuello. Pero hay formas de amor, quizá no tan apasionadas, más tranquilas, que pueden ser más duraderas.

-Cuando River se fue a la B, manifestaste que te hiciste hincha porque se había caído al fondo del océano. ¿Los que se levantan son más grandes que los que no se caen?

No. Pero estoy inclinado a admirar profundamente a los que se levantan. Porque la vida está plagada de obstáculos o piedras en el camino. A veces, tenemos la suerte de ir encontrando manos que nos ayudan, nos empujan o nos estimulan pero la mayor parte de las veces te encontrás con gente que te pone una mano en el pecho o te hace una zancadilla. Entonces, el que logra levantarse me produce una gran admiración. Y emoción. Hace falta valentía, coraje para levantarse del piso.

-¿Qué es lo que te produce más dolor? ¿La guerra?

La guerra. Desde tiempos ancestrales, desde la colonización e históricamente pareciera que venimos mal armados. Pero hay nuevas ventanas de cosas horrorosas e injustas. Se agilizó demasiado la desproporción, la desigualdad entre los humanos. La concentración de la riqueza me parece más perversa que la guerra. Hoy ya la pelea no es cuerpo a cuerpo, un tipo puede matar mucha gente desde su oficina. El miedo va encontrando nuevas formas de no permitirnos ser quienes deseamos ser. Es el defecto de la especie, el miedo.

-En la última escena de “Kamchatka”, le decís al nene que hay un lugar desde donde resistir. Dónde queda Kamchatka hoy en día…

Sigo pensando que queda en cada uno de nosotros. Es el lugar de resistencia, si cabe el término, dentro de uno. Buscarlo afuera nos puede llevar a una gran decepción. Porque todo está en movimiento. Hay gente que deja de sentir y pensar las mismas cosas. Hay otros que no cambian nunca. Está dentro de uno esa línea en la que uno sabe que ahí puede aguantar y puede volver a empezar. No hay un lugar real, físico.