Por Juan Federico von Zeschau

─En base al Análisis de Dotación de Personal, tendrías que cesantear a veinte empleados.

La que habla es una consultora, una rubia de treintipico de años, anteojos azules de marco grueso, zapatos y ojos haciendo juego, camisita blanca con un par de botones abiertos. Disfruto del panorama: los pliegues de su escote, los bordes del corpiño de encaje que apenas se adivinan desde mi lado del escritorio, el collar de plata que se hunde en ese valle que forman sus tetas hechas, tuneadas por algún cirujano premium de Las Cañitas. Ella habla mientras el sol del mediodía entra por los ventanales del despacho, y afuera, sobre la calle Godoy Cruz, se bambolean las copas de unos sauces, atravesadas por el revoloteo de unos gorriones. Vuelvo a zambullirme en la rubia, en sus siliconas, en su boca de vedette, en sus piernas trabajadas en gimnasio de amenity.

Y en la cara de fría cazadora de empleados públicos. Porque los odia. Me dice, desde hace media hora, que hay que ajustar. Por eso está acá, en mi oficina, es la inquisidora que mandaron para informarme acerca de las nuevas directivas.

─Hay que reducir la planta en un quince por ciento ─dicen sus labios pintados de rojo sangre─. Los contratos de los administrativos son los más frágiles. Consideramos que habría que empezar por ahí.

─Gracias por el consejo ─tomo el café de la tacita que trajo uno de mis secretarios al comienzo de la reunión. Está frío. El de ella debe estar igual, ni siquiera lo tocó─. Lo voy a tener en cuenta.

─Lo mejor sería mandarles un mail el viernes por la tarde, este viernes ─aclara─, informándoles que no vuelvan el lunes siguiente. Que están separados del organismo.

Se da el lujo de mandonearme, de casi detallarme mis tareas. Tal vez no sepa que sobreviví a tres cambios de gestión. El último también, contra todos los pronósticos. Quedé en el mismo puesto en el que me habían nombrado los viejos compañeros, hace más de diez años. Un cargo de director nacional, nada demasiado importante, aunque ochenta lucas mensuales, un presupuesto de doce millones de pesos y cerca de cien personas a cargo no deben despreciarse. Ni la crisis del campo en 2008 me eyectó del sillón en el que ahora doy breves giros hacia un lado y hacia el otro, para quitarme algo de tensión. No me pudieron echar ni los de la Orga, ese ejército de pendejos egresados del Nacional Buenos Aires que iban a por todos los puestos, por todos los contratos, unos jacobinos que perseguían a los viejos peronistas. A aquellos que no resistieron los noventa. Pero que volvieron en el 2003. Como yo.

─Tenés tres secretarios privados. Creemos que podría irse uno. El que vos dispongas. Son contratos 1421, no hay mayores inconvenientes para una posible desvinculación.

Yo sobreviví a la Orga. Y sobrevivo ahora, rodeado de gorilas, chetos del Newman y chupacirios del Opus Dei. Muchos entraron con contratos Letra A, zafaron de los requisitos curriculares gracias a la “Excepción” que les firmó el propio Jefe de Gabinete. Pero la mayoría de los recién llegados revisten como consultores. Una administración paralela al ministerio, formada por burócratas del sector privado que cayeron en paracaídas y que nos imparten órdenes como si fueran nuestros jefes. Tal vez lo sean. La rubia hermosa que se cruza de piernas enfrente mío cobra más que yo. Su consultora, para la que ella trabaja, tiene más presupuesto que mi dirección. Nada licitado, por supuesto, todo por izquierda, eficiente y rápido, como les gusta a ellos, sin expedientes molestos ni complicados que puedan joder la transacción.

─¿Tenés en mente algunos nombres? ─pregunta ella, quiere saber si puedo adelantarle a algún miembro de la lista negra─. ¿Alguna idea?

Cómo te cogería, rubia, acá sobre la mesa, barrería todas las carpetas, todas las fotocopias irían a parar al suelo, tus tetas aplastadas contra el vidrio, vos de espaldas, tu culo arriba, mientras esperás que te levante esa pollerita beige de ejecutiva y te meta la pija por atrás, bien fuerte, con furia, para que grites, hija de puta, para que goces, bien hasta adentro, cada vez más profundo, me ayudaría con tus tetas de goma, me agarraría de ahí, y adentro, cada vez más adentro, hasta acabarte todo el orto, dejarte un manchón blanco sobre la espalda, o sino darte vuelta, obligarte a que te pongas de rodillas y te la tragues toda.

─Todavía no tengo ningún nombre ─digo, apoyo el café sobre el platito.

Los de la Orga eran forros. Estos son todavía peores. Si me quedé en la gestión, fue para proteger el laburo de los míos. De mis empleados. De los compañeros que metí. De Elsa, que tiene tres pibes, uno con síndrome de down. De Francisco; la mujer espera su primer hijo. De los muchachos de Mantenimiento. Por ellos me quedé. Por ellos y para salvaguardar lo que hicimos en estos últimos doce años, cuidar nuestros programas, nuestros avances… Porque la política detesta el vacío. Si me iba, si presentaba mi renuncia, mi cargo lo iba a ocupar uno de estos chetos imbéciles de San Isidro. Se hubiera cascoteado el laburo de una década, porque es lo único que estos tipos saben hacer: destruir. Eso y garpar consultoras que les digan cómo mierda gestionar este monstruo, cómo gobernar esta Terra Incognita que es el Estado nacional. Lo que queda del presupuesto lo utilizan para vigilantear. Pusieron tarjetas magnéticas en la planta baja, huellas dactilares en cada piso y cámaras de seguridad en las oficinas. Mentalidad policial.

─Con la reestructuración, tu organismo se ahorraría cerca de dos millones de pesos anuales ─la rubia se acaricia el lóbulo de la oreja, eso me calienta, no tiene arito, sólo una vieja cicatriz─. Podemos cerrar el 2017 con un leve positivo.

El Estado es una empresa, para ellos. Déficit, superávit, saldos positivos, eficiencia, racionalización del personal. No dejaron de ser CEOs. ¿Y la gente que rajan? ¿Piensan que va a desaparecer? Claro que no, va directo a levantar el índice de desempleo, a desplomar el consumo, a seguir aumentando el ejército de marginados. Pero eso, ellos no lo ven.

─Rajar veinte empleados es demasiado ─ensayo una defensa, quiero probar sus argumentos, la solidez de su ofensiva─. No me pueden pedir eso.

─El ministro ya definió las metas anuales ─los ojos celestes son glaciales, de sicaria─. Son veinte los pautados para tu área.

─¿Ya arreglaron con el gremio?

Frunce sus labios de putona. No deben haber acordado los detalles, restará afinar un poco el lápiz con el secretario general de la delegación.

─Lo importante es lo que quiera el ministro ─se limita a decir─. Él tiene la última palabra.

Gracias al ministro permanecí en mi puesto. Éramos compañeros de secundaria, allá por los setenta. Años después, compartimos noches de whisky en los reservados del Faena. Sé que puedo hacer que cambie de opinión. Quizás, puedo salvar a diez. Tal vez quince.

─Voy a hablar con Rodolfo ─utilizo su nombre de pila.

Me pregunto si no me estaré engañando. Me cuestiono por vigésima vez si en verdad estoy acá para resguardar lo que queda en pie de la herencia que me tocó en suerte. O si estoy solo por mí, por mi cargo, porque me acostumbré al sillón, al trato respetuoso, a la tarjeta con el escudo nacional rubricado encima de mi nombre, a la vista hacia las calles tranquilas de Palermo. Es una duda que vuelve a molestarme, me raspa por dentro con sus uñas chiquitas pero afiladas, me taladra. La acallo.

─Muchas gracias ─me incorporo, extiendo la mano, la rubia se para y me regodeo con su cinturita de muñeca, la que me gustaría atenazar mientras me la cojo en cuatro, sobre la alfombra del despacho─. Voy a estudiar la propuesta.

─Veinte ─repite ella. Y se escabulle por la puerta.