Por Ernesto Mattos

El mundo continuó profundizando la desigualdad en términos de riqueza e ingreso. Según un reciente informe “Sobre la Desigualdad Global 2018” (World Inequality Lab), la proporción de riqueza controlada por el 1% más rico del mundo pasó de 28% a 33%, mientras que la del 75% de menor riqueza osciló alrededor del 10% entre 1980 y 2016.  El trabajo advierte que “la clase media mundial en términos de riqueza se reducirá si las condiciones actuales no cambian”.

La etapa actual, iniciada entre 1970 y 1976, tiene como punto de inflexión la utilización de los fondos de pensión (estatales-privados) para colocarlos en espacios económicos bajo la modalidad de deuda externa más una tasa de interés, al tiempo que se organizaba una ingeniería financiera que permitiera titularizar esas deudas externas (allá por los años ochenta). Esto posibilitó financiar países y que estos sean rescatados por organismos internacionales. En su defecto, acompañado con políticas de privatización de activos estatales y desregulación económica: financiera y comercial.

La desregulación financiera apuntaba a las trabas de la cuenta capital y financiera. En el caso de la desregulación comercial -interna y externa-, la primera tiene tiene que ver con la reducción de impuestos y subsidios de los sectores industriales y la externa con las industrias exportadoras que producían para abastecer los centros sin derechos de exportación. Esta batería de medidas fue acompañada por la introducción de los productos importados demandados por las empresas trasnacionales, que al quedarse con los activos estatales o consolidarse en su rubro, producto del cierre de la competencia, comenzaron a demandar productos pero no de proveedores locales sino de sus casas matrices.

Este contexto de desregulación económica y consolidación de las empresas trasnacionales es lo que vino acompañando la concentración del ingreso y la riqueza.

Estamos en una situación similar al período 1880-1913, la conformación de los monopolios y la idea dominante en el pensamiento económico acerca de que el Libre Comercio es la guía para el desarrollo, nutrida por el darwinismo económico y el individualismo exacerbado.

Por ello, la actualidad nos advierte que las desigualdades económicas y sociales continuarán imperando de proseguir las políticas económicas que algunos bloques económicos quieren implementar, principalmente bajo la doctrina del libre comercio. En consecuencia, surgen interrogantes como si es posible que la economía argentina compita, en términos de producción de mercancías y estructura productiva, con su par francesa o alemana. ¿Qué ventajas ha desarrollado el entramado industrial argentino para poder disputar mercados?

Tomando en comparación los casos de Estados Unidos y la Europa Occidental, se confirmó una tendencia entre 1980 y 2016: el 50% más postergado de la población norteamericana pasó del 21% al 13% en la participación  del ingreso, en tanto que el 1% de mayores ingresos pasó del 12% al 20%, en el mismo periodo. En el caso de la Unión Europea no fue  tan drástico el cambio de políticas económicas y el paradigma de capitalismo financiero. El 1% de mayores ingresos trepó de un 10% a un 12% mientras que el 50% de menores ingresos descendió de un 24% a un 22%. El incremento en el 1% es similar a la reducción en participación del ingreso del 50% de menores ingresos.

En el caso argentino, según los datos del INDEC, la distribución del ingreso marca que del ingreso total de los hogares, el 30% más rico se queda con el 57,5% del total y el 30% más pobre, con el 10,4%. En tanto, el 10% más rico recibe el 28,4% del total, y el 10% más pobre apenas el 2%. A su vez, el 10% de los hogares más ricos recibe lo mismo que el 55% de los hogares menos favorecidos.

Con este panorama, no solo internacional sino nacional, el informe recomienda que el acceso igualitario a la educación es importante, pero es insuficiente para reducir la desigualdad por sí solo en ausencia de mecanismos que aseguren empleos bien remunerados a la población más pobre. Y concluye que la evidencia muestra que la progresividad del sistema impositivo (considerado globalmente) es una herramienta efectiva para combatir la desigualdad, un sistema impositivo progresivo que armonice la captación de riqueza en función de un desarrollo social equitativo y sostenible. ¿Reducir impuestos no reduce la desigualdad?