Foto: Ezequiel Pontoriero

Mi vida es crítica, no tengo paz.
Soy un hipócrita, un cretino,
un salame, un incapaz.

Las Manos de Filippi

Por Olivia Salas

Toda derrota provoca desparramo interno. Entre acusaciones cruzadas y pases de factura, el vestuario se convierte en un remolino de bronca cuando el partido no termina como el equipo esperaba pero la vida –sea en el fútbol, la política o el truco- siempre da revancha. Para eso, valen mucho más los fundamentos que constituyen la identidad de la escuadra propia que la autocrítica que acicatean los adversarios, lamiéndoles la oreja a los del banco de suplentes de los que cayeron en el campo de juego,o los comentaristas que apuntan con su verba directo a la tribuna.

En tiempos donde nadie es ajeno a la permeabilidad de los argumentos propalados por los medios masivos de comunicación, las disquisiciones intestinas sobre las pifias de los que tomaron decisiones adquieren filos peligrosos y, en ocasiones, resultan letales. El problema es que las impugnaciones de los yerros apuntan, sobre todo, a los nodos ideológicos de la disputa aunque se disfracen con el ropaje de que faltó capacidad de seducción o persuasión.

No es la primera vez ni será la última pero, desde que Cambiemos se impuso a Unidad Ciudadana en las elecciones de Provincia de Buenos Aires por más de 4 puntos, afloró una paleta de objeciones a la estrategia kirchnerista en campaña, la negativa de que se le concedieran las PASO a Florencio Randazzo y, ya que estaba, se desempolvaron viejas cuitas contra La Cámpora, el destrato a la CGT o el manejo de la comunicación. Lo más curioso no es la validez o la endeblez de cada observación sino la incapacidad de gran parte de esos emisores para ganar una discusión en una reunión de consorcio para instalar cámaras de seguridad en el palier del edificio donde viven.

En ese contexto, tal vez quepa centrarse en la madurez de la sociedad, que no necesita que un candidato la contenga o la convenza porque, precisamente, reniega de la idea de que un sujeto, cualquiera sea, pretenda ganarle su voluntad. Y este enfoque, necesariamente, empuja a la asunción de que los votantes saben lo que eligen y si compran versiones perversas sobre la desaparición forzada de un ciudadano argentino no es porque los amarre la imbecilidad, sino porque anhelan que el sueño los acoja con placidez cuando apoyen la cabeza en la almohada por las noches. Por si quedan dudas, la dificultad de las fuerzas nacionales y populares en la etapa actual no es la torpeza en la utilización de las redes sociales sino la sustancia del mensaje.

De ahí que los datos del escrutinio desconcierten tanto. Lo que perdió en estos comicios no fue una forma de hacer política sino un sistema de creencias o una serie de ejes programáticos. Los bonaerenses empadronados no sufragaron por el macrismo nada más que bajo el efecto de fotogramas estupefacientes con la cara de María Eugenia Vidal sino que lo hicieron a caballo de la comprensión de que esa opción les prometía la erradicación de cualquier vestigio del gobierno anterior.

 

Lo que perdió en estos comicios no fue una forma de hacer política sino un sistema de creencias o una serie de ejes programáticos.

 

Que la hipótesis que cobija ese deseo de terminalidad sobre la potencia kirchnerista se corrobore o no sería objeto de otro artículo pero, así como dos no pelean si uno no quiere, se sabe que para bailar el tango hacen falta dos. Y el Frente Para la Victoria –o UC- y los votantes se vienen pisando los pies cuando suena la música por razones que exceden los atributos personales de la ex presidenta Cristina Fernández. Al mismo tiempo, los argentinos ungieron a Mauricio Macri como jefe de Estado por cuestiones que distan kilómetros de una simpatía, inteligencia de estadista o destreza para tirarse un paso de cumbia que el líder del Pro no encuentra ni coucheándose.

El politólogo Eduardo Rinesi repite en sus disertaciones que percibe un agotamiento culposo en ciertas capas de la sociedad respecto del compromiso con la justicia y la igualdad. En cenáculos universitarios, reductos políticos y hasta enclaves gremiales, se recogen alivios desde 2015 porque la lucha extenúa a los cuadros que tienen la responsabilidad de ponerse al frente de las batallas por mayor inclusión todas las mañanas.

Antes que el reclamo -a esta altura, estéril- de una autocrítica en serio, quizá convenga la pregunta por la contractura que provocó en ciertos músculos sociales la intensidad política de la experiencia kirchnerista y la flaccidez ideológica que consumen, como pueden y con fruición, cada vez sectores más gruesos que se apoltronan, vaya paradoja, en las butaquitas de la subalternidad. Los que meten las boletas en la urna no están confundidos, no ignoran el deterioro económico ni desconocen la corruptela macrista o la voracidad represiva desembozada ahora. Con los ojos bien abiertos, lo apoyan.

En suma, no hay margen para la autocrítica por Facebook o la diatriba por WhatsApp en el seno de los que suponen que el pasado domingo, en Sarandí, no se acabó nada. La tarea urgente de los que siguen a CFK sigue siendo la clásica y nunca perimida construcción de organización popular. Ni más ni menos.