Por Alejandro Kaufman

Entre opresores y oprimidos, entre el capitalismo y sus adversativos, una diferencia probablemente decisiva sea el diferente valor atribuible en cada caso a victoria y derrota. Los opresores, y el capitalismo, su forma vigente y excluyente en la actualidad, sólo manifiestan su existencia como victoriosos. En ello reside de modo sobresaliente la crueldad que les es inherente. Victoria o muerte: a diferencia de cuando esta frase la pronuncian los oprimidos, quienes profieren esa opción sólo con respecto a la propia muerte, arriesgada la vida por la emancipación. En cambio, los opresores refieren a la muerte del otro, no a la propia, dado que una vez derrotados dejan de existir tanto en cuerpo y presencia como en memoria. La conmemoración de los tiranos sólo puede manifestarse como parodia, patetismo, miseria. Los oprimidos pueden triunfar o pueden ser derrotados sin mella de sus existencias, ya sea como presencia o como memoria. Nociones que nos llevan a pensar que si los sujetos de la emancipación se ven de pronto embargados por el lenguaje de la victoria es porque están siendo derrotados. La emancipación no habrá sino de llevar el germen de la derrota porque para ser tal emancipación no podrá sino ser vulnerable, contingente, elusiva frente a la opción de preservar la victoria a toda costa y por lo tanto invertir el signo que la define. En ese sentido, las derrotas de lo emancipatorio nunca son tales, porque la pulsión emancipatoria espera volver. Si lo emancipatorio siempre enfrenta la inminencia de la derrota, digamos que los oprimidos definen su condición por la expectativa de la perseverancia. La opresión solo mantiene su lógica si persevera. No hay solidaridad entre unos y otros tiranos que no sea el aplastamiento de los oprimidos. Sólo los oprimidos pueden ser solidarios entre sí, porque algo que les es afín organiza un hilo tenue y definitivo en el corazón de la historia. Entre los oprimidos, no habrá competencia sino empatía, amistad, filiación. Entre los opresores, sólo podrá hallarse confrontación, rivalidad, exclusión. (Nada de esto remite a una mera univocidad irrevocable, claro, son nociones y figuras, hasta deseos.) Por eso, no pueden guardarse sus memorias si no es para el espanto, porque mientras cada oprimido se levanta sobre el legado de todos los oprimidos que han existido desde el origen de los tiempos, cada opresor se levanta sólo sobre el olvido, el completo olvido. Cada tiranía funda todo desde un comienzo, porque la memoria le es siempre adversa, le recuerda la iniquidad, la injusticia, la impugnación. Desde luego que ninguna de estas palabras es infalible, dado que todas son disputadas por sus adversarios para ponerlas a su servicio, conveniencia o amistad.

Para los oprimidos, la victoria es un respiro, un descanso, una tregua. Por ello los momentos de victoria no se pueden sostener indefinidamente, dado que sucumben frente a la adversidad si no se convierten en lo contrario de lo que eran. Entre nosotros, un rasgo del movimientismo populista es que nunca se convirtió en tiranía, ni aun en sus peores o más débiles y equívocas manifestaciones. No es ajena esta virtud a que las difamaciones recurrentes señalen lo contrario, aquello que nunca sucedió, y se lo acuse de aquello que nunca alcanzó. No porque tal transformación fuera imposible, o porque no tuviera partidarios, sino porque gravitaron las tendencias libertarias, de desorden, de inorganicidad. Ante el derrocamiento golpista represivo o la derrota por sufragio lo que sucedió a continuación fue cada vez un estado de disgregación, desconcierto, sensación definitiva de agotamiento. Si cada vez hubo un nuevo resurgimiento fue por la emergencia genuina de pulsiones emancipatorias de unas multitudes sin otro recurso. Esta característica es una de las más fascinantes del movimientismo populista argentino, su estado de agonía en la derrota y la capacidad de resurrección desde la indigencia. Ninguna ley ni aparato garantiza tal resurrección, salvo la memoria, capacidad harto frágil, vulnerable, pero desde esa debilidad, perseverante e inmune a las lógicas del poder y la crueldad. Pasan muchas otras cosas, no muy buenas. Esta también sucede y en esos rescoldos habita la esperanza que es memoria.