Un grupo de jóvenes activistas dedica su tiempo libre a la intervención de los mensajes publicitarios en la calle. Peligrosos para Clarín y sospechosos para la Policía, no sólo batallan contra el sentido que las grandes empresas le atribuyen a sus productos sino que, además, organizan talleres y cursos en centros culturales y escuelas. Kamchatka dialogó con uno de los fundadores de Proyecto Squatt, una barra de artesanos de la ocupación gráfica en territorio del marketing.

Por Facundo Baños

El blog del Proyecto Squatters es una máquina de abrir contenidos. Cada una de sus pestañas ofrece clicks que inmediatamente conducen a la lectura de un artículo, linkean con alguno de los videos del canal de YouTube o redirigen a un blog paralelo, como el del proyecto educativo que implementan en escuelas y universidades e interpela a niños, adolescentes y jóvenes. Una de esas pestañas recopila las incursiones mediáticas de los squatters: la mayoría son entrevistas para sitios web, pero los periódicos de tirada nacional también le han dedicado espacio al proyecto. El diario Clarín publicó en su edición del 8 de abril pasado un reportaje a uno de sus miembros e, ironías del autor de aquel texto al margen, vale detenerse en la única de las seis preguntas en las que no se utilizan signos de interrogación: “Ustedes son peligrosos”, espetó el periodista. Debajo, la respuesta de Julián, su entrevistado: “Para nada. Somos más buenos que Lassie. Somos pacifistas, docentes, psicólogos, artistas. No rompemos ni destruimos nada, sólo modificamos carteles de la vía pública”.

Un squatter intervendría esa pregunta que no fue, agregándole artesanalmente los signos de interrogación que nunca tuvo y salvando de la decadencia al oficio del periodismo, aunque sea brevemente. Eso es lo que hacen con los carteles publicitarios que las grandes corporaciones despliegan en la calle: los toquetean, les ponen cosas, juegan con ellos y truecan su significado. Alteran el mensaje. Llaman a la reflexión de los caminantes que pasen por el lugar.

En algún rincón de la criatura web de los squatters, figura el apellido de Julián: esa información que él no dará a ningún periodista, de ningún medio. No por desconfianza sino por un par de razones más sencillas que esa: por un lado, su proyecto es colectivo y se trata de una herramienta de contra-publicidad; y por otro, esta movida no le hace ganar guita y eso implica que hay una vida laboral que resguardar. Lo cierto es que él es autor material e intelectual de una historia que anidó en su cabeza hace diez años y fue tomando forma de a poco: primero, en la virtualidad del blog y las redes y, después, con algunos rostros que empezaban a asomarse, entusiasmados con la propuesta. Con el tiempo, se armó un grupo de jóvenes que sostenía la bandera de los squatters, y el paso a la calle era casi inevitable.

Vecinos con gorra

Ya en 2011, Julián y sus compañeros comenzaron a salir de noche para hacer sus primeras intervenciones. Pronto llegaron los problemas con la Policía, que habitualmente los corría del lugar que ellos habían elegido. Fuera en barrios residenciales como Devoto o zonas céntricas como las avenidas Córdoba y Corrientes, el resultado no variaba. El relato de Julián viene acompañado con una fe de erratas sobre esos primeros pasos: “Eran los propios vecinos los que llamaban a la Policía, porque nos veían y pensaban que estábamos haciendo cosas raras. Cuando nos dimos cuenta de que la noche pone un manto de sospecha sobre cualquier cosa que ocurra en la calle, nos planteamos la posibilidad de salir de día”. Tenían que resolver ese asunto con los vecinos porque, en definitiva, el propósito de sus acciones era llegar a la gente, no atemorizarla. Probaron un domingo, a eso de las tres de la tarde: hora del fútbol o de la siesta. “Y nos funcionó: la gente que iba con los chicos a la plaza y se cruzaba con nosotros, tal vez se quedaba un rato, mirando lo que hacíamos, y hasta nos daban sus opiniones”. La cosa empezaba a caminar.

Cuando terminó el secundario, Julián se puso a estudiar publicidad, creyendo que eso encajaba con su habilidad como dibujante. Después de hacer un par de años de la carrera y algunos laburitos como freelance, comenzó a sospechar que había algo que no le cerraba. Ese ambiente no era agradable. Siguieron Bellas Artes y la primera etapa de Psicología, pero la idea de viajar por Europa lo sedujo más que su derrotero por las facultades porteñas. Allá, en el Viejo Continente, supo de los squatts. Son fábricas abandonadas o casas deshabitadas: espacios despreciados por la sociedad burguesa que los squatters se apropian, imprimiéndoles un sello contracultural. Recitales, talleres, exposiciones y un mar de etcéteras cabían en ese lugar que había muerto y olvidaron enterrar, y que ahora florecía otra vez como si nada.

En España, a la vez, conoció un movimiento de contra-publicidad que se llama “Consume hasta morir”. Esas fueron las musas que inspiraron el nacimiento del Proyecto Squatters, nombre europeo y formato argentino para este grupo que ha tenido un crecimiento sostenido y que ya ha quebrado la barrera de los 60 mil seguidores en su fanpage de Facebook.

Julián aclara que la contra-publicidad no es “anti publicidad”, sino la propuesta de hacer una lectura política de ese instrumento comunicacional que es la propaganda: “No pretendemos erradicarla sino desnudar su raíz. La naturaleza de las publicidades no es comercial sino política e ideológica, pero a los chicos que estudian publicidad eso nadie se los dice”, argumenta.

Guerra psicológica

La sociedad de consumo, ese callejón sin salida para una humanidad asmática que no encuentra consuelo, afloró al son de la artillería, en el fragor de las guerras mundiales. A través de la propaganda se controló a los pueblos y se les implantó un sabroso plan de producción en masa. Una vez apagada la grifería del fuego, el desafío consistió en prolongar ese dominio: había que crear un nuevo prototipo de subjetividad.

Los ingenieros de la propaganda detectaron que el centro de las conductas humanas estaba puesto en las necesidades, y a las corporaciones eso ya no les bastaba. Había que correr el eje: “Las necesidades son limitadas -sigue Julián- pero el deseo es un barril sin fondo. Si vos manejás a la población a través de la estimulación del deseo, sus necesidades se multiplicarán incansablemente”. Pícaros, los ingenieros. En esa misma época, mientras se cocinaba el hombre consumista e irracional que el poder andaba buscando, había quienes advertían estas maniobras, en un intento de inquietar a las mayorías. Aldous Huxley, filósofo y escritor del Siglo XX, declaró en 1958 que las dictaduras del futuro serían muy diferentes a aquellas que el mundo reconocía. Predijo que el poder gobernaría sobre los hombres operando en un costado emocional y haciéndoles amar su propia esclavitud. Este fragmento puede encontrarse en uno de los materiales audiovisuales del canal de YouTube “El Squatt”: un spot publicitario, que apela a las emociones y emplea recursos de tono dramático para tratar de reflejar eso que son capaces de lograr las grandes corporaciones a través de la propaganda. Proyecto Squatters, ya lo dijo Julián, no busca anular la acción de la publicidad, sino cuestionar el mensaje que estas vehiculizan. El video termina con una frase tajante: “La batalla por el control de la población se desata en un escenario que no podemos ver, tocar ni sentir: tu mente”.

En el blog del proyecto también hay un texto que funciona como una suerte de manifiesto del colectivo. Al pie de la página, comentarios de todos los colores: uno decía que aparte del tono de denuncia contra el sistema, hacían falta propuestas. Hoy, el proyecto no se agota en sus quijotadas contra los tanques de la comunicación. Hay todo un programa elaborado que tiene que ver con charlas y talleres que se ofrecen en ámbitos educativos, con chicos de todas las edades, y también con los jóvenes de la universidad. Los squatters saben que la escuela es un espacio fundamental para la construcción de conciencia y pensamiento críticos. La educación es tan política como la calle y la publicidad, y como cualquier espacio donde dos o más personas expresen sus opiniones.

Esa interacción con los pibes, adentro del aula, es una de las cosas que más los gratifican, entre todas las acciones que emprenden. Por eso le dedican un buen tiempo de sus juntadas, para mejorar la calidad de la propuesta y buscar la manera de generar más encuentros. “Ellos son curiosos por naturaleza, y esto de descubrir qué hay detrás de los mensajes es como un juego que los convoca y los entusiasma. Nosotros no tenemos nada salvo creatividad y espíritu crítico. Esas son nuestras armas”, dice Julián, y toma las palabras de un amigo que algo sabía: “La creatividad es inteligencia en estado de juego”. Los squatters van con esa pilcha, tratando de encender algunas lamparitas para leer la letra chica de toda esa información que la calle y los celulares inyectan en los ojos. Y en todo caso, habrá que cerrarlos un poco, a ver qué hay en el baúl de la imaginación.