Ella se refriega los párpados para seguir leyendo mientras él ronca, panza arriba y con la remera de
La Renga raída por los años. Sólo el gato, desde el filo de la cómoda, la ve, esforzándose para no
quedarse dormida con el libro al costado de la almohada.
Hace un rato que termina un par de oraciones y vuelve a empezar porque se pierde. La oficina, la
tía enferma, los precios, el cadete que le tira onda o, para ser más franca, se la coge con la mirada.
Y, para colmo –piensa-, ella casi siente su verga cuando él la saluda y cree que podría estrangularle
la pija con los labios de su vagina hasta que acabe, jadeante y vulnerable como un mamboretá
frente a la hembra con la que copula.
“¿Escribo de causas y no describo los efectos?”, le hace decir Andrés Rivera a Juan José Castelli en
La Revolución es un sueño eterno. Y a ella, esas palabras, pasadas las 2 de la madrugada, se le
tornan autobiográficas. Encima, la carcome la sensación de que su marido intuye algo, porque
siempre se divirtieron con la destreza para jugar de memoria y espalda con espalda.
Todavía resplandece en su retina la imagen de la primera vez que lo vio, doblando con las crines
doradas por el sol de la tarde en uno de los pasillos de la Facultad. Le parecía, entonces, tan
arremetedor como temerario y preso de una voracidad sexual como marinero que llega a puerto.
A 12 años, lo encuentra domesticado, con el pechito lampiño y acurrucado como un lechón sin
teta, lloriqueando en su chiquero diario o quejándose de los que lo tratan como un felpudo.
Mira el reloj, recuerda que la remera de manga tres cuartos que le gusta –esa que le sostiene bien
las gomas- está en el canasto para lavar y refunfuña en silencio porque tendrá que ponerse de
nuevo la de Yegua y Groncha, con un saquito de hilo arriba. Sabe que no hace falta abrigarse de
más para ir a la unidad básica: entre el calor que insufla el locro y el ánimo que inyecta el vino con
los compañeros, siempre termina con los cachetes colorados cuando desenfundan la primera
guitarra y arranca la peña.
Esta vez, él ni pisará el local. Le avisó, con cara de pocos amigos, que prefería terminar la
instalación del cable canal en el dormitorio, para llevar una tele al cuarto. “Escribo la historia de
una carencia, no la carencia de una historia”, era la frase que seguía en el texto de Rivera.
Paradójicamente, el gobierno de Macri le estaba licuando el amor, como si besarse y proyectar un
futuro para siempre hubiese sido fácil durante el apogeo kirchnerista. Ahora, ya no charlan sobre
una pizza con los chicos del UBACyT, una cerveza en Palermo o el plenario de la comuna sino sobre
el despido de uno, el achicamiento del salario de un pariente o lo que paga el viejo por los
remedios de la abuela. Cada vez pueden menos, cada vez quieren peor.
Sin relato que los inspire, les quedó sólo la costumbre, elucubra. Y la boca del cadete se le dibuja
otra vez, con esa media sonrisa que ella mordería en el ascensor una tarde cualquiera -cuando
todos stalkean a otros por Facebook sin levantar el culo de la silla ni asomar la sabiola por encima
del box-.
Las agujas dan casi las tres y ella se rinde a la imaginación. Suspira despacio y se lleva las yemas de
sus dedos índice y mayor derechos a la concha, que empieza a humedecerse. Casi puede sentir
cómo ese pibe, fuera de cualquier convenio, embiste con su pelvis contra ella, le lame el cuello y,
ante su primer gemido, la da vuelta -dejando caer los sobres y la caja que llevaba-, se desabrocha
los jeans y le sube la pollera con habilidad anhelada.
Ella siente en la cola el roce, más o menos áspero, de su calzoncillo y le pide que se la meta toda.
La calentura mana de su piel y puede oler el desodorante barato de la propaganda, que también
usa el gil de su marido, pero no se distrae. Mantiene los ojos cerrados y la argolla recibe, jugosa, la
glande del chabón, que se abre paso con una delicadeza inusitada a pesar del vértigo y la violencia
que los funde en desenfreno.
El vaivén se vuelve tremendo. Siente que el ascensor rechina y no sabe en qué piso estará pero se
contorsiona como nunca. Con la mano que no se llevó al clítoris, estruja unos papeles crujientes. El
ritmo sube, el goce crece. La cresta se empina y el orgasmo los desparrama, inevitablemente.
Ella abre los ojos y reconoce la luz de su velador, el libro de Rivera con una página arrancada y su
marido, sacudiéndose la chota muerta al lado de la cama. Reconfortada, sonríe. Hay cosas que no
cambian, al fin de cuentas.
En el suelo, una página suelta, rota y salivada en el fragor de la batalla, deja de canto una pregunta
que el autor puso en boca del orador de la revolución: “¿Qué nos faltó para que la utopía venciera
a la realidad?”. Habían pasado 15 minutos de las tres, y la pareja yacía en cucharita.