Por Olivia Salas
Foto: Yegua & Groncha

Cuando bajó del bondi, a Carla le cayeron todas las notificaciones juntas al teléfono celular. Una llamada perdida de su hermana, 14 likes de Instagram por la foto que posteó con sus calzas nuevas y un mensajito de WhatsApp de Federico, el basquetbolista de Argentinos de Quilmes que se mataba en el gimnasio donde ella era instructora y que solía ir acompañado de Karina, su blonda e infartante novia y, a la sazón, heredera de un holding imperial que celebraba por igual la quita de retenciones y las tasas de Sturzenegger.

En la línea de cintas y bicicletas ninguna de las chicas del gym se la tragaba porque a todas les calentaba el base del Mate. Carla, en cambio, siempre la encontró interesante y decía que al otro no le festejaría ni un triple antes de la chicharra en una final olímpica. Paradójicamente, el galán de casi dos metros hubiera resignado los sueños de Ginóbili y Scola en Río de Janeiro por un par de minutos con ella, a solas y en las duchas, como esa vez que se cortó la luz y él tuvo que salir en toalla del vestuario de hombres para ayudarla a encontrar el disyuntor, porque la dueña se rajó temprano y le había dejado las llaves para cerrar el boliche a las 21.

Esa noche intercambiaron números telefónicos bajo la excusa gaseosa de sumarse a las clases de zumba alguna vez. Ella ni siquiera agendó el contacto pero Federico lo guardó como “Daniel Kinesiólogo”.

Con el correr de los días, el lungo se acercaba a Carla como si pretendiera volcar una bola y Karina estaba al borde de la quinta falta. Una tarde, la novia del basquetbolista llegó sola para ejercitarse delante de las furtivas e incisivas miradas de la platea femenina, hasta que se bajó del elíptico y caminó hasta el mostrador, donde la instructora firmaba el recibo de las bebidas Powerade que enviaba el proveedor. El punchi-punchi estimulante para los que se castigaban en los aparatos no dejaba escuchar una palabra pero todas veían que Karina lloraba y Carla la consolaba. Incluso, notaron que la profe tomó delicadamente de la mano a la rubia y se la llevó al pasillo.

El rumor era que Fede, quien disfrutaba de la aventura deportiva pero tenía el reaseguro de la financiera que su padre había fundado a caballo del dólar blue, sólo salía con Karina para colocar la empresa familiar más arriba con la generosidad a plazo fijo de sus suegros. Y sugería, claro,  que le daba a Carla, aunque ella aseguraba que jamás había pasado nada. Pero él seguía atacando el tablero, así que accedió esa tarde. “OK, en Cumbiala a las diez”, le contestó.

Llegó a su casa, se bañó, se puso la mejor tanga y esa pollera que había estrenado la noche que se cogió al odontólogo de Palermo que entrenaba los martes y jueves en el Rosedal. El bar explotaba de gente y dos de cada tres estaban de trampa, como Fede y su chomba rosa marca Lacoste.

Tomaron un par de mojitos pero él no se inspiraba: seguía chapeando con sus penetraciones ante cualquier defensa, el velero de su padre y el desarrollo inmobiliario que tenía en mente. Hija de un obrero de la vieja papelera Massuh, Carla no se mojaba frente a las chequeras pero dejó que él le hablara al oído, le oliera el perfume en el cuello y recorriera con la yema de sus dedos la turgencia tibia de su aductor derecho.

A esa altura, Federico sentía la verga como un garrote y, si siempre le costó, le resultaba francamente imposible pensar con claridad. De carambola, hilvanó una frase coherente para invitarla a un lugar más tranquilo. Y arrancaron para la casa de Carla.

Entraron a los tumbos, por la desesperada torpeza del visitante y la oscuridad. Ella dejó que él la desvistiera y le lamiera las tetas, mientras le desabrochaba la bragueta y le masajeaba la pija. Entonces, él la agarró de la cintura, la dio vuelta y se la quiso meter de prepo pero ella, aún de espaldas y gimiendo como una loba, le acarició el escroto con las uñas de su dedo anular izquierdo y él se retorció de placer, Carla giró en el acto, le comió la boca y lo arrojó al sofá, dispuesta a cabalgarlo. “Seeeee, vení, que te garcho toda”, dijo el gladiador con voz ronca y dientes apretados.

En ese momento, se encendió la luz. Y parada en el umbral del living, Karina lloraba como una nena. El basquetbolista trató de vestirse, la personal trainer sonreía y la dulce cornuda llamó en el acto a su padre. Como si pisara sobre arena movediza, Federico se hundía y el aro le quedaba cada vez más lejos. Junto con él, la situación se masticaba la empresa de su viejo: el grupo económico de su prometida le había girado carradas de dólares, bonos y acciones para bicicletear.

Karina cortó el teléfono y Federico supo que era el momento de pagar. La epopeya de su progenitor se había extinguido, como su proyecto inmobiliario, y tenía que empezar a buscar laburo porque con el Mate no alcanzaba.

A la semana, Carla se mudó a Martínez con Karina y abrieron juntas una cadena de gimnasios y spa con la que le sacaron al fanfarrón, por despecho. Lo que más disfrutan es besarse lentamente todas las noches, en la alfombra que se extiende bajo la barra de las sentadillas. Y se enloquecen, una a la vez, cuando la luna resplandece sobre los párpados cerrados de la que goza con la lengua de la otra en su vagina, jadeando y mordiendo de a ratos la sudadera de Argentinos de Quilmes que usan de top de vez en cuando.