Qué tan antiguo y simplista es el discurso detrás de la reforma laboral

 

Por Lucía Cirmi Obón*        

En 1928, la Cámara Argentina de Comercio, Industria y Producción se opuso al proyecto de ley de salario mínimo que se debatía en el Congreso, afirmando que “acarrearía serias perturbaciones a la economía, que se traducirían en definitiva en perjuicio de los mismo obreros”, que “el cierre de fábricas y la desocupación obrera consiguiente sería el primer resultado que obtendría el proletario de las leyes destinadas a beneficiarlo”. Diez años más tarde, en 1938, Luis Colombo -por entonces presidente de la UIA- declaraba que la ley 11.729, que otorgaba la indemnización para los despidos sin causa justificada y licencias pagas por enfermedades, estaba generando el “retraimiento de capitales”. Ya en 1992, Daniel Funes de Rioja (miembro de la UIA), avisaba que “flexibilización efectiva de la legislación laboral (era la) única vía para promover un nivel de empleo genuino”.  Tras 5 años de efectuada tal flexibilización, en 1997 y en pleno ejercicio de su mandato como gobernador bonaerense, Eduardo Duhalde defendía la propuesta de profundización de dicha flexibilización laboral diciendo que era “la única manera de mejorar la vida de los trabajadores”. Incluso en 2006, habiendo atravesado la crisis de 2001, Funes de Rioja (UIA) repetía que las leyes que estaban dando nuevos derechos a trabajadores y trabajadoras no harían más que “generar en el trabajador una expectativa al juicio, y con ello un mayor costo laboral y una traba para la instalación de empresas que absorben gran mano de obra”.

En resumen, hace casi 100 años venimos escuchando a (una mayoría de hombres) empresarios decirnos que tener derechos laborales va en contra de generar empleo. Alegan que, si bajamos el costo del trabajo, vamos a tener más trabajo. Amenazan con que, si aumentamos nuestros derechos, todas las empresas se van a ir. Hoy, el Poder Ejecutivo está impulsando una nueva reforma laboral, que, ya sea que se discuta toda junta o dividida en partes, está basada en los mismos centenarios argumentos. Los fundamentos del proyecto de ley que se presentó en 2017 aseveran que el actual marco regulatorio “comprime las virtudes de las fuerzas sociales” y genera “asfixia”. El propio Mauricio Macri dijo que “el trabajo no lo defendemos si seguimos levantando conquistas (que van) en contra de la productividad”.

Antes de tomar estos diagnósticos como ciertos, vale la pena preguntarse: ¿hay que tener costos laborales bajos para que las empresas decidan invertir? ¿Es este un modelo al que puede apuntar la Argentina? ¿Alguna vez la reducción de costos laborales generó empleo en nuestro país? Repasemos la lógica de este argumento que nos repiten hace un siglo y contrastémoslo con la realidad.

Cómo dicen que va a funcionar

El razonamiento argumentado por empresarios y gobierno es el siguiente: al bajar los salarios -ya sea recortando derechos o haciendo que los sueldos pierdan poder adquisitivo- los empresarios verán que es muy barato producir en Argentina. Ese único factor los convencería de invertir en Argentina, por lo que contratarían más gente y así se reduciría el desempleo -que por cierto venía controlado y sólo se ha incrementado en los últimos 2 años-.

Cómo funcionó en el pasado

En Argentina, esa gran “reducción de costos” vía flexibilización laboral ya ocurrió y no nos fue nada bien. Entre 1992 y 2000 por ejemplo, las cargas patronales se redujeron del 33% al 20,5% del salario.  Durante el mismo período, la tasa de desempleo pasó de 7% a 15%. O sea, se redujeron los costos laborales y la generación de empleo no necesariamente mejoró. De hecho, ¡empeoró!

Tampoco la inversa, el aumento de los costos laborales, ha producido necesariamente pérdidas de puestos de trabajo. Por ejemplo, entre 2003 y 2013, el valor del salario mínimo vital y móvil en términos reales se triplicó y, sin embargo, durante el mismo período el desempleo se redujo del 17,3% al 7,1%.

Cómo funcionaría en el “mejor de los casos”

Supongamos ahora que desconocemos todos estos datos de nuestra historia y que la lógica de la reforma propuesta -menor costo laboral para atraer inversiones- funciona. Si de veras nos planteamos competir internacionalmente por atraer inversiones en base a nuestro costo laboral, estamos muy pero muy lejos de ser los más baratos, como sí podría ser el caso de algunas economías asiáticas, por ejemplo. Que nuestro costo laboral no sea de los más bajos no es un indicador de problemas sino que, por el contrario, puede ser un proxy de una mediana/buena calidad de vida. El ranking del PNUD de desarrollo humano global pone a la Argentina entre los 50 países de desarrollo humano más alto, casi 60 posiciones arriba sobre los países de costo laboral “atractivo”. Además, según el ranking, Argentina tiene uno de los estándares de calidad de vida más altos de América Latina, a lo que se arribó gracias a los derechos laborales y a una fuerte, aunque muchísimas veces vapuleada, tradición de Estado de Bienestar.

Pero, aún, si decidiéramos reducir el salario al mínimo para competir por esa vía, surgen dos preguntas cruciales. La primera, ¿cuán larga y sostenible será esa ventaja? Vemos cómo las empresas que sí basan sus decisiones de inversiones en el costo laboral migran de un país a otro a medida que los países “baratos” van regularizando a sus trabajadores. Tal es el caso de aquellas que están migrando de China a Pakistán o Bangladesh. Entonces, si las atrajéramos por ser baratos y nada más que por ello, cualquier mejora en nuestras condiciones a futuro las espantará. Si esa es la lógica, entonces reducir los costos laborales no es un medio para vivir mejor en un futuro, es un presente del que nos volveríamos cautivos si quisiéramos sostener el nivel de empleo.

La segunda pregunta es para qué queremos hacerlo. Si el fin último de la generación de empleo es que vivamos mejor, ¿cómo puede ser que el principal medio para ella sea empeorar nuestras condiciones de vida con menos derechos?

Otra lógica

El helado puede estar baratísimo, pero si afuera está nevando y vos estás ahí sin abrigo, seguro que no te vas a comprar ni uno. Es decir, aunque el costo laboral sea el más bajo, si no hay demanda que consuma posibles productos, ¿para qué contratar empleados que los produzcan? Así como probablemente Argentina nunca se ha diferenciado por tener un bajo costo laboral ni por ser una meca del outsourcing para productos globales, sí nos hemos destacado por tener un sólido mercado interno de consumo. Si eso es lo que ha atraído empresas, entonces cuantos más altos sean los salarios, mayor será el poder de compra, la demanda y consecuentemente la inversión que llevaría a más empleo. Bajo esta lógica, mayores “costos laborales” arribarían a menor desempleo.

¿El costo laboral determina la inversión?

Los determinantes de la inversión han puesto a discutir a los y las economistas desde siempre. No hay una inequívoca relación universal entre el costo laboral y la inversión. Además de lo determinante del contexto global, hay muchos otros costos que las empresas consideran, como es el caso de las tarifas o del transporte, que en la Argentina de hoy siguen subiendo. Pero no deja de ser nunca una combinación de cosas, en la que también entran las señales que da el propio gobierno, ya sea desde la inversión pública o desde la rentabilidad que elige otorgar a otras inversiones no productivas. Si la tasa de interés y las Lebacs se mantienen altas como en estos últimos 2 años, ¿qué inversión productiva será interesante?

¿Bajar costos laborales es el camino al desarrollo?

Por último, el camino de la reducción de costos no es necesariamente el camino que han seguido los países desarrollados o con mayor calidad de vida. En noviembre, el primer ministro sueco, Stefan Löfven, dijo que la reducción del costo laboral no puede ser la solución planteada para “generar empleo”. Iniciador de la propuesta de Global Deal, donde empresas, sindicatos y gobierno se sientan a debatir, sostuvo que la flexibilización laboral sólo desfinanciará a la seguridad social y hará que la gente tenga miedo del futuro. Por el contrario, muchos de los países que hoy están en la cima han ganado competitividad gracias a la inversión del Estado en ciencia y tecnología, algo que paradójicamente hoy está flaqueando por estas tierras. También han distribuido distinto los esquemas de recaudación y financiamiento de los servicios que necesitan los trabajadores y trabajadoras, como es el caso del cuidado, aplicando impuestos más progresivos, dándole un rol central al Estado y no dejándolos a decisión del empleador.

En conclusión, la propuesta de reforma laboral actual se basa en un discurso que tiene ya más de 100 años, que no tiene correlato en nuestra historia y cuyo simplismo nos inhabilita a tener otras discusiones más profundas sobre las verdaderas transformaciones en el mundo del trabajo.

 

*Economista (Centro Cultural de la Cooperación)