En un mundo donde casi nadie hace lo que quiere y, mucho menos, quiere lo que hace, una chica joven se gana el pan con los dibujos que comparte por Facebook. Kamchatka la entrevistó para saber qué hay detrás de su trazo.

Por Lucía Ríos

Camila Levato quería ser escritora de cuentos para niños. De chica, componía canciones pero, cuando estaba en 5º año de la secundaria, decidió estudiar publicidad, seducida por el cultivo del costado creativo. Trabajar hasta cualquier hora, sin domingos, la fueron desenamorando luego de pasar por diferentes agencias durante tres años. “El ambiente no me gustaba, todo pasaba por la plata y la competencia”, dice ahora la historietista.

En enero de 2015, una amiga la instó a que crease su propia fanpage como escritora (o “aspirante a escritora”, precisa sonrojándose) y su vida empezó a mutar. “De hobby, hacía dibujitos supermega básicos y los subía con el celu. Como siempre le veo lo gracioso a las cosas, la primera historieta fue ‘Hablemos de conchudismo’, que estuvo basado en un hecho real”, narra entre risas sobre la génesis de “Cami Camila”, su creación.
Durante el viaje a su oficina, dibujaba y escribía en cualquier lado, en el subte o el colectivo. “No podía parar un segundo”, rememora.

Un día se animó a armar unas viñetas y le puso los 4 pesos mínimos de publicidad de Facebook. Enseguida, aparecieron 10 mil seguidores. “Lo mejor fue el boca a boca virtual, que es más genuino y que Facebook dice que es orgánico”, explica mientras toma mate, un año después, y admite que no es “una mina de redes sociales”.
Para su sorpresa, gente ajena a su círculo empezó a compartir su trabajo. “Yo no entendía nada: lo compartían porque efectivamente les daba gracia”, confiesa, y añade: “Ahí comencé a pensar la parte dos y otros temas”. Los seguidores aumentaron. Y llegaron encargos de grandes marcas, aunque el primer trabajo que realizó fue para un bar por un canje equivalente a 2 mil pesos y una cena para cuatro.

El fenómeno fue tan vertiginoso que, hasta hoy, le resulta increíble. “Para mí era tremendo cómo se me alinearon los planetas”, ilustra. Bajo esa perspectiva, esboza: “Si dos años atrás alguien me hubiera dicho que iba a dibujar y hacer historietas, no le hubiese creído: soy horrible dibujando, por eso terminé en los palitos, ¿no?”.

El arte, entre la necesidad y la virtud

Cuando se le pregunta por la foto de perfil de la página, e ícono de Cami Camila, cuenta que es ella misma pero de chiquita. “Siempre fui muy Cris Morena”, argumenta divertida, y sostiene que esa imagen representaba para ella “no perder los sueños de la infancia”. Una chica se lo tatuó. “Casi me caigo de culo”, ilustra explotando de emoción la “aspirante a escritora”.

El dibujo no deja de ser un gráfico de palitos pero está cargado de fundamentos. “Además de la carencia absoluta para dibujar, era algo simple que podía hacer en el bondi o en el laburo y que me permitía comunicar”, remarca Camila.

Kamchatka quiso saber qué rol cumple el humor para la hija de un arquitecto y una diseñadora que dibuja palitos. Ella no se agranda pero no esquiva el bulto: “Uno a veces no es consciente de cuánto bien podés hacer. Tuve respuestas que no esperaba. Gente que me ha llegado a decir que tuvo una situación re heavy y leyó una viñeta, se rió y se olvidó un rato. Se te pone la piel de gallina. Hay mucha gente a la que no le gusta lo que hace, así que con esto se ríe alguna mañana y ya tira unas horas más hasta que vuelva a putear. Si le alegro el día a una persona, ya está. Se justifica todo el laburo. Es lo más lindo que tiene el humor”.

Taurina y determinante es la joven cuyo día a día cambió rotundamente desde que los palitos son los protagonistas. Aunque sabe que esta “vida soñada” puede terminar pronto, o no, sigue craneando proyectos. Ya lanzó una agenda en 2016 (pedida desde Usuahia a la Quiaca y también en Uruguay, donde tiene más de 30 mil seguidores), un libro que recopila viñetas, dibuja para varios portales y empresas y sigue preparando nuevos planes.

¿Qué dice Cami Camila de forma subyacente?

Perder el miedo al ridículo. Hay cosas que uno cree que le pasan sólo a uno pero le pasan a todo el mundo, porque al final del día todos somos iguales.